Daniel Feierstein, sociólogo argentino:

“Es inaceptable que el poder defina cualquier acción social como terrorista”

¿Qué es terrorismo? ¿Quién puede ejercerlo? Más allá de sus respectivas respuestas, el concepto ronda hace un buen tiempo en el discurso de gobiernos y autoridades al identificar a enemigos que el Estado debe enfrentar. Daniel Feierstein, sociólogo argentino, mira con suspicacia el concepto y opina sobre la violencia ejercida por los Estados y los grupos insurgentes.

03 de diciembre de 2018

Por Tomás García Álvarez

Periodista en práctica en Londres 38

A fines de la dictadura de Videla, en Argentina, la "tesis de los dos demonios" buscó "pacificar" un momento histórico, colocando en la balanza la violencia ejercida por dos fuerzas antagónicas, es decir, igualando la violencia de la dictadura con la de la resistencia. Daniel Feierstein, Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, autor del libro "Los dos demonios (recargados)" (Editorial Marea, 2017), en conversación con Londres 38, plantea que esta idea está más viva que nunca, sin embargo, con redefiniciones y aplicaciones que buscan estigmatizar la protesta de los grupos organizados de la sociedad.

¿Qué representan los dos demonios?

El objetivo de los dos demonios es procesar la memoria de experiencias genocidas o de experiencias de crímenes de Estado. Hay dos procedimientos fundamentales de trabajo: plantear cómo ese proceso genocida, ese proceso de violencia represiva estatal, habría sido algo que estuvo fuera de la sociedad, algo ajeno, protagonizado por dos grupos (esa es la idea de dos demonios), y que no habrían tenido anclaje real en los distintos sectores sociales. Ni lo que se considera el demonio de izquierda, las fuerzas insurgentes, y lo que se considera el demonio de derecha, el genocidio. Por otro lado, hay una estrategia de equivalencia como si los dos tipos de procesos fueran equivalentes en tanto que los dos fueron violentos, y por eso a los dos se los demoniza.

¿Y la versión recargada?

En esta versión recargada se invierte la lógica de la circulación de testimonios de la violencia represiva. Entonces, lo que aparece hace cinco, seis, ocho años en la Argentina es nuevamente una idea de ajenización, de equivalencia, pero donde el foco está puesto en la violencia insurgente. Donde el discurso sería: "bueno, ya hablamos demasiado de la violencia represiva y ahora sería hora de condenar la violencia insurgente". Esa reformulación del pasado busca, como objetivo político, estigmatizar la protesta en el presente y eso es un peligro.

"Igualar" las acciones a través de la existencia de los dos demonios buscaba, podríamos decir, pacificar un momento histórico. Dices que hay un peligro mayor hoy, ¿cuál es ese peligro? y ¿a quién le sirve retomar estos antagonismos?

Básicamente el peligro mayor es volver a relegitimar la violencia represiva y estigmatizar cualquier posibilidad de protesta. Esto se ha visto con mucha fuerza en Argentina, por ejemplo, con las protestas en contra de la reforma previsional, la estigmatización en contra de las comunidades mapuches, que compartimos Chile y Argentina, al indicarlas como "terroristas" y, en ese sentido, la relegitimación de las fuerzas represivas para impedir la protesta de los pueblos originarios, de los movimientos sociales y la disidencia política.

El asilo a Ricardo Palma Salamanca en Francia, indicado como autor material del asesinato de Jaime Guzmán, ha generado un gran debate en nuestro país. El FPMR identificó hace años este asesinato como un "ajusticiamiento" y, en la actualidad, algunos lo reivindican como un "empate". Tú hablas de "igualación" de las víctimas. ¿Es posible trazar cercanías entre este crimen y las acciones emprendidas por la dictadura?

El ajusticiamiento político no es equivalente a un sistema de campos de concentración. Distinguirlo no quiere decir que se justifique y legitime, después viene otra discusión: si acaso esa acción, en ese momento, corresponde. Uno puede considerar que esa acción es ilegítima y, sin embargo, no hacerla equivaler a las estructuras de campo de concentración. Me parece que esa es la discusión central: poder separar el análisis de ese conjunto de prácticas. No aceptar analizarlos conjuntamente como si fueran las dos caras de una misma violencia. Son cosas distintas, son tipos de prácticas distintas.

Haces un quiebre al mencionar que el Estado concentró el monopolio de la violencia, mientras que las acciones de estos grupos organizados estaban en otra escala…

Esa diferencia se queda corta porque no es la más importante. Hay otras dos diferencias que son negadas por la teoría de los dos demonios: primero, que el carácter de las prácticas es distinto. El conjunto de prácticas que llevaban a cabo las organizaciones insurgentes, tanto en Argentina como en Chile, y el conjunto de prácticas que llevaban a cabo las fuerzas represivas no son las mismas. El segundo punto, es que el objetivo de las dos acciones es muy distinto. No es lo mismo llevar a cabo acciones que busquen mayor justicia social y mejor distribución de la riqueza, que llevar a cabo acciones que buscan peor distribución de la riqueza y menos justicia social.

Sobre la estigmatización que reciben determinados grupos que se rebelan frente al Estado, el pueblo mapuche podría ser un claro ejemplo de ello. El gobierno de Sebastián Piñera instaló en La Araucanía un grupo de Carabineros especializados para combatir el "terrorismo", el llamado "Comando Jungla" , que ya sumó una víctima, el joven Camilo Catrillanca. ¿Qué entiendes tú por terrorismo, que características lo definen y quién puede ejercerlo?

Esa es otra de los grandes conceptos vacíos que se han aprovechado para estigmatizar la protesta. En nuestras leyes pareciera, o dice explícitamente, que forzar a un gobierno a cambiar una medida política es una forma de terrorismo. Esto es una barbaridad. No se corresponde con ninguna definición sería del concepto de terrorismo, solo se utiliza para estigmatizar y demonizar al adversario político. El terrorismo se utiliza como táctica política para llevar a cabo acciones indiscriminadas sobre el conjunto social. En ese sentido, los movimientos insurgentes en nuestra región, quizás con excepción del Sendero Luminoso en Perú, no fueron terroristas. Habrán podido cometer numerosos errores políticos, pero uno que no cometieron es utilizar la táctica terrorista. Todas las acciones de la insurgencia argentina, de la insurgencia chilena, o de los movimientos de protesta hoy en Chile y Argentina, o de los grupos mapuche, no tienen las características de ser acciones indiscriminadas que pueden afectar a cualquier población civil que pasa por ahí.

En esta versión recargada pareciera ser que siempre el "terrorista" y la violencia se ejerce por parte de los grupos insurgentes. Sin embargo, han surgido movimientos neofascistas, que se expresan públicamente, y sus acciones no reciben la misma condena ¿Cómo enfrentan los movimientos sociales, las comunidades organizadas, la demonización de las acciones reivindicativas y la lucha por más derechos?

Abriendo estos debates sobre los distintos tipos de prácticas y sobre los distintos objetivos políticos. Me parece que esa es una discusión muy necesaria para el conjunto de la comunidad. Poder entender que, primero, las prácticas no son equivalentes, pero segundo -y esto es muy importante- que los objetivos no son equivalentes. Poder mostrar que mucho de estos grupos buscan crear una sociedad más injusta, más intolerante, más discriminatoria, en contraste con grupos como los estudiantes, como los pueblos originarios, los sindicatos que están buscando una sociedad más incluyente, con mayor justicia, con más derechos. Es una lucha por el sentido común.

En ocasiones se plantea que las protestas deberían ser pacíficas para validarlas, ¿qué opinas del ejercicio de la violencia dirigida dentro de la protesta social?

Es importante discutir la validez de cada una de las acciones en contextos distintos. En ese sentido, hay acciones que son legítimas en un contexto dictatorial y otras que no. No es lo mismo acciones en un contexto de escucha y posibilidad de diálogo, en relación a las lógicas de la protesta, que en un contexto donde no hay ningún lazo, ningún canal a través del cual expresar la protesta, el hastío, el sufrimiento. Me parece que en este sentido no se puede responder abstractamente. La violencia contiene una cantidad de prácticas que hay que comenzar a especificar.

¿Cómo ves que se ha dado la participación política de la población en los últimos años?

Ha sido muy fuerte, incluso en movimientos populares, esta demonización de la política es totalmente desfavorable. Cuando uno pierde el sentido de que la política es el ejercicio de nuestra propia acción para transformar la realidad, cuando uno abandona el espacio de la política, ese espacio es ocupado por los técnicos de la economía, es ocupado por los empresarios, es ocupado por otras figuras que son infinitamente más desfavorables para las organizaciones populares y que eliminan un elemento fundamental que es la mediación de la política. La política es justamente la posibilidad de actuar para transformar la realidad y es la mediación entre los distintos sectores de poder.

¿Ves que el debilitamiento de la política, tal como tú lo planteas, ha permitido que gobiernos de derecha se instalen de mejor manera en latinoamérica?

Totalmente, y ha permitido que gobiernos de derecha, particularmente neoliberales, puedan instalarse con un apoyo que jamás hubiesen tenido si es que la población valorara la política. Pero con mucha más gravedad, veo en estos tiempos que incluso aparecen las opciones más extremas de la antipolítica que son las salidas fascistas. Este desprecio por la política termina expresándose en el apoyo, ya no solo a salidas neoliberales, ya no solo a empresarios como Macri o Piñera, sino a militares fascistas como Bolsonaro que buscan un desprecio todavía más profundo. Todo esto es consecuencia de haber aceptado este desprecio de la política: esta idea de que la política es algo sucio, es algo corrupto. Creo que recuperar la importancia de la política es un desafío fundamental para el campo popular.

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Dimensionar el genocidio

Fragmentos del libro "Los dos demonios (recargados)"

En su libro, Feierstein también profundiza sobre el tema de la magnitud del genocidio en Argentina, las dificultades para establecer su alcance y la disputa que se ha abierto en torno a ello. Junto a un equipo de profesionales, Feierstein lleva a cabo una investigación sobre los procesos de denuncia en la provincia de Tucumán, la cual arroja nuevas luces sobre el tema y repone la importancia de no clausurarlo. Esto es válido también para Chile donde las organizaciones de derechos humanos han demandado insistentemente la reapertura y funcionamiento permanente de una Comisión de calificación de víctimas de la dictadura.

"En lo que hace a dicha provincia, el informe de la Conadep del año 1984 tenía registradas 609 denuncias. A fines de 2016, el Área de investigación de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación contaba con un total de 1005 denuncias con información verificada y completa (...) Los casos registrados por nuestros equipos de investigación suman un total de 1202." En el incremento de denuncias, a juicio de Feierstein, "pareciera que tienen fuerzas las condiciones políticas nacionales y provinciales y muy en especial la existencia de condenas a los responsables o la apertura de nuevos tramos de las causas judiciales como elemento para permitir enfrentar el miedo y las consecuencias traumáticas de la desaparición en la familia o en el barrio (...)."

"Otra cuestión llamativa en los nuevos casos es la proporción de sobrevivientes (...). A medida que pasa el tiempo, la mayor parte de las nuevas denuncias corresponden a quienes fueron detenidos desaparecidos (por lo general, por períodos breves) y fueron liberados. En el informe de la Conadep los casos de Tucumán dan cuenta de 379 desaparecidos y asesinados frente a 139 liberados (27% de liberados). Entre 1985 y 2006 se agregaron 63 casos de nuevos desaparecidos y asesinados frente a 54 liberados (46%). Por último, en la última década encontramos 20 nuevas denuncias de desaparecidos y asesinados frente a 419 nuevas denuncias de quienes fueron liberados (95%).

Esto lleva a concluir varias cuestiones: de una parte, que el objeto del terror (como en muchos otros procesos genocidas) fue atravesar al conjunto de la población con el sistema concentracionario, siendo que mucha más gente de la que creemos transitó por dicho sistema y fue devuelta a la sociedad para diseminar el terror, tal como nos intentan explicar hace años los sobrevivientes sin que podamos escucharlos con la suficiente atención. Por otra parte, estas situaciones han sido las que resultaron más difíciles de denunciar, siendo que recién veinte a treinta años después de los hechos comienzan a emerger (...)."

"La continuidad de la aparición de casos (tanto de asesinatos como de quienes continúan desaparecidos u otros que fueron luego liberados) deja claro que en modo alguno ha concluido la investigación de los sucesos ocurridos en el genocidio argentino y que cualquier cifra a la que se arribe (como la que nuestro equipo de investigación ha construido para los casos en Tucumán) no son más que aproximaciones parciales." (pp. 66-69).

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