Crónica

Relato de una explotación: de tiempos modernos a tiempos mejores

"¿Qué podía saber la yuta del miedo de perder una micro en la madrugada al ser mujer?, ¿qué podía saber del miedo con tanto jale de impunidad? Son las 6:50 de la mañana, la micro está tan llena que no puede subir más gente, la distancia social o física vive sólo en el imaginario que el privilegio permite".

Por María Cartes

Son las siete y cinco, la tarde invernal oscureció la ciudad y, con mi permiso verificado en el celular salgo de la casa en camino al metro, funciona una media hora más, por fortuna. Trabajadores y trabajadoras con las caras inciertas y desconocidas ya se dirigen a sus hogares. Salgo de la estación para tomar en Avenida Matta la micro hasta Beauchef, al bajar, una placa clara e institucional me indica el nombre de Margarita Ancacoy, mujer trabajadora asesinada en la madrugada de un 18 de junio de 2018. Su recuerdo me aprieta el pecho, ya son casi las ocho, espero nunca ser ella, y así nunca olvidarla. Mi camino es lento por la arboleda que rodea los límites del Parque O'Higgins, agradezco el transitar por las hojas otoñales que se van encontrando con mis pisadas, serán el acontecer más dichoso que tendré en las siguientes 11 horas y media que siguen de mí.

Comienza la primera fila de ingreso, registro de carnet y permiso único colectivo. Ingreso al Movistar Arena, comienza la segunda fila hasta la verificación del carnet, pulsera en la muñeca y diez segundos en la cápsula de Ozono. Avanzo en dirección a la cúpula, comienza la tercera fila, ya son casi las nueve, ingreso a una guardarropía donde alguien me marca en la lista como presente, guardo la mochila, pero, tras las primeras noches heladas decidí conservar el abrigo conmigo, siempre hay alguna caja en la que todes dejamos las bufandas y chaquetas bajo nuestra mesa de trabajo, así, en los cortos diez minutos de break -dos a lo largo de la jornada, el primero a las 10 y tanto, el segundo desde la cuatro veinte de la madrugada- podemos abrigarnos para evitar los cambios de temperatura. Retiro el uniforme, un delantal de plástico -sospecho-, cofia, y unas calcetas insuficientes en las zapatillas, casi todas las noches se me rompen al ponerlas, nos las entregan sólo al ingreso. Bajo al baño, me pongo el uniforme, preparo mis audífonos y la diversa lista de reproducción de la noche. "El Movistar Arena es el principal recinto techado multipropósito del país (…) está diseñado para albergar todo tipo de eventos"1, y hace ya unos meses se ha transformado en uno de los centros de embalaje de la mercadería entregada por el gobierno. "Alimentos para Chile", el nombre me suena a pionera, como si antes de la pandemia no hubiera existido el hambre en la boca del pueblo.

En la multicancha central unas siete u ocho filas de embalaje distribuidas de norte a sur, son nuestra área de trabajo en la siguiente jornada. Por poniente ingresan pallets con los productos, por oriente salen pallets con las cajas listas y selladas. La fila de producción se compone de tres secciones; en la primera parte están las mesas plegables que alineadas componen la base que sostiene a los rieles -fierros soldados con tubos de PVC- que, con el impulso kinésico de mis brazos y el de mis compañeres, harán avanzar las cajas a lo largo de los metros de la fila adquiriendo, a veces, límites difusos la responsabilidad del avance de la caja, haciendo más o menos tediosa la jornada según con quiénes se haga el armado de ellas. La segunda parte de la fila somos nosotras, nosotros, nosotres, les explotades. Las risas cómplices suceden, así como también los apretones de manos al tirar las cajas en dirección al siguiente producto, algunas uñas reventadas pueden aparecer en la noche, pero basta con un parche curita para que la fila de producción continúe. Hay veces en que un tema de reguetón suena fuerte y estar con tanta gente cantando es lo más cercano a una fiesta en meses, pero también algunas noches al cansancio no lo despierta ningún ritmo, y sólo la inercia de mantener la fila de producción, que presiona durante horas extenuando las espaldas y los brazos, rompiendo guantes, humedeciendo mascarillas, nos mantiene en pie y corriendo cajas. En la tercera y última parte de la fila hay dos pallets con el producto a custodiar y distribuir que, según su naturaleza, tendrá dificultades propias en el trabajo, dependiendo de la complejidad del empaque o rápida merma. Cajas y envoltorios que con nuestras manos tomaban la cualidad de nunca desaparecer de la mesa, porque no había nada más satisfactorio que ocupar los segundos extras que a veces sobraban entre cajas, para abastecerse y abrir cajas nuevas con productos. Los pallets se borraban rápido de arriba abajo, pero antes de terminarse, otros compañeros rellenaban con nuevos pallets de productos, abasteciendo como un mercado infinito a la fila de producción.

AFPY así, replicándose por toda la cancha del Movistar, las distintas filas iban creando universos paralelos de producción, creando el montaje ideal para Chaplin en Tiempos Modernos, pero estos serían los Tiempos Mejores2, máxima de una crónica anunciada, de un despojo enunciado, de una explotación presente e institucionalizada. Explotación que cristaliza las relaciones mercantiles de producción con esta pandemia mundial pero que, lamentablemente, no inaugura ningún proceder original, ya que esta explotación fue puesta en práctica desde mucho antes por empresas como E-Food3 que, con la versatilidad del neoliberalismo, producen precarización y explotación laboral, esta vez con una concesión cedida por el gobierno criminal. Se firma una vez más el pacto entre el gobierno y el empresariado, de testigo el silencio proletario, que calla dibujándose un rostro ausente y va contando los días que faltan para la paga total de estas noches de producción fordista.

Desde la una y tanto de la madrugada comienzan las cenas por fila de producción, teníamos una hora de break, media hora para ocupar el casino. Comida caliente, a veces buena, a veces no tanto, pero de increíbles dotes energéticos. La otra media hora podíamos beber un té caliente, que en medio de la invernal noche se transformaba en un gran estimulante. Pasada la hora exacta, nuestro supervisor nos comenzaba a arrear hasta la cancha central para iniciar la parte más larga y acelerada de la jornada de la noche. Al comenzar esta parte prefería estar con mi ropa más ligera, debido al calor de la producción. Las horas eran cientos de cajas, a veces se acumulaban, algunas corrían rápido entre mis manos, y otras veces corrían rápido por el muchacho que desde el otro lado de la mesa empujaba las cajas y apuraba la producción en algún punto de la fila, cuando el cansancio ya diezmaba la velocidad. Con su empuje de cajas la producción se aceleraba, se presionaba, como si la obra se hubiera montado y presentado el tambor, a esas horas ya el ritmo de la explotación sonaba en mi cabeza, como si las cajas llevaran el compás de la noche inacabable de la mecanizada formación de pallets con los alimentos para Chile.

Una noche hicimos 42 pallets, y no fuimos el primer lugar de la producción entre las filas, yo me fume tres cigarros, y definitivamente no fue la peor noche para mis pulmones. Una de las madrugadas me sorprendió con un metro cerrado por el feriado y Avenida Matta fue el escenario del primer y único control de identidad que tuve durante la semana de trabajo. Tras una larga espera, la micro venía a los pocos metros, pero justo ahí se dio inicio a una tensa interacción de respeto hostil y soberbia institucional: cuando la micro ya llegaba al paradero advertí a uno de los miembros de la yuta que había llegado la micro que debía tomar hasta mi hogar, oportunidad escasa y milagrosa, considerando sus frecuencias en la madrugada y el contexto excepcional de la pandemia, a lo que me respondió, seco y tajante, "el control puede durar hasta una hora, señorita". Ante mi insistencia, el otro miembro de la yuta cedió terreno soltando un burlesco "ya poh, déjala irse". Con carnet en mano y arriba de la micro suelto un "yuta bastarda" desde las entrañas. Qué extrañas son las expresiones del poder, estructuras que se entrecruzan en un entramado represivo, ¿qué podía saber la yuta del miedo de perder una micro en la madrugada al ser mujer?, ¿qué podía saber del miedo con tanto jale de impunidad? Son las 6:50 de la mañana, la micro está tan llena que no puede subir más gente, la distancia social o física vive sólo en el imaginario que el privilegio permite, de manera dicotómica explotades sacrifican la distancia social por "el privilegio de trabajar", privilegio en medio de la alta cesantía que consume los seguros y aumenta esas largas deudas que sostienen la ilusión de "nuestro oasis económico y productivo".

Estas últimas noches ha vibrado el territorio nacional con manifestaciones que van inquietando a esta derecha neofascista. Al llegar al metro, una tanqueta con tres milicos armados custodia la entrada, la cotidianidad de la pandemia y un estado terrorista: milicos desde antes de la pandemia, y de seguro milicos para después de ella, asegurando con temores sus horrores, una vez más. Esta última noche en el Movistar nos veo producir como hormiguitas, estoy la sección de platea durante el break de la cena. Nos vemos mínimos, impersonales, como piezas de una máquina incesante de producción en cadena y acelerada que tranquilizará el vivir del mes siguiente, sumando porotos a la olla, sumando e intercambiando pesos por horas de vida.

Texto escrito por la pasante María Cartes, a solicitud de Londres 38, espacio de memorias.

1. Cita extraída de la página oficial de Movistar Arena, sección "sobre nosotros". Consultado el 22 de julio, 2020
https://www.movistararena.cl/sobre-nosotros

2. ¡Vienen #Tiempos Mejores! Campaña presidencial 2017 de Sebastián Piñera. Consultado el 22 de julio de 2020
https://www.youtube.com/watch?v=8JcxKhFoxjw&index=40&list=PUOltFBLjyQORr3VzE7NuRqQ

3. O "Vive Snack", en su nombre comercial, empresa privada que actualmente cuenta con la concesión de lugares como el ya enunciado Movistar Arena, Estadio Monumental, Estadio Nacional, Estadio de San Carlos de Apoquindo, y la Quinta Vergara, durante el Festival de Viña del Mar, entre otros locales de eventos masivos.

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