Contenido principal

Por Héctor Maturana Bañados, de la Agrupación Por la memoria Histórica Providencia Antofagasta

Crónica: La historia de María Teresa Uribe Tamblay

derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay
derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay

Publicado el 25 de agosto de 2026

derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay

Mai, sobreviviente de Londres 38 y hermana de Bárbara Gabriela Uribe Tamblay, una de las 98 víctimas y protagonistas de nuestro espacio de memorias, es recordada hasta hoy por su entereza, dignidad y trabajo por justicia para su pueblo. Su cuñado Edwin Francisco Van Yurick, con quien fue careado en Londres 38, también permanece como detenido desaparecido.

derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay

Para nosotras siempre fue Mai, el nombre del afecto y el refugio; años después, entre los pliegues de la censura dictatorial, se convirtió en Guillya, (1) el seudónimo que habitaba aquellas cartas intervenidas por líneas negras donde la dictadura intentaba, sin éxito, silenciar la palabra. María Teresa Uribe Tamblay fue, ante todo, la arquitecta de un orden familiar que la orfandad temprana le obligó a diseñar. Siendo apenas una niña joven en Santiago, asumió la conducción de sus tres hermanas menores tras la muerte de su madre, transformándose en una figura de responsabilidad férrea y amor incondicional. Aquella adolescente que cuidaba de las suyas se convirtió en una mujer que deslumbraba en las calles de Antofagasta cuando viajaba al norte a visitar a su hermana menor. A los ojos de ella; era elegante, luciendo con orgullo su peinado estilo "Nido" y un sentido estético que era, al mismo tiempo, una declaración de principios. verla llegar al norte era presenciar el arribo de una modelo de la dignidad, una mujer cuya elegancia no era vanidad, sino una forma de prestancia y presencia ante el mundo.

María Teresa nunca perdió la compostura ni el compromiso. Enfrentó un cáncer violento durante ocho años con la misma disciplina y entereza con la que enfrentó a sus verdugos en Londres 38. Murió en 2017 en tierras canadienses, pero su figura permanece grabada en la memoria como esa cronista de la vida que, entre el diseño y la resistencia, supo transformar la fragilidad en una fortaleza inexpugnable. Fue la creadora de una estética de la dignidad, una mujer que, ante el límite del horror, eligió siempre el cuidado del otro y de la otra por sobre su propia salvación. Su historia no es sólo una biografía, es el testimonio de una luz que ninguna línea negra de censura pudo jamás apagar.

En aquel Chile que vibraba con el pulso de la Unidad Popular, la casa de la familia Uribe no era un refugio cerrado, sino un puerto de partida. Como hermana mayor, María Teresa -nuestra Mai- fue el eje de un engranaje de voluntades que se movía al ritmo de un país que soñaba con transformarse desde la raíz. No eran tiempos de contemplación, sino de urgencia, y cada una de las hermanas comenzó a gravitar en sus espacios de estudio con una energía propia, impulsada por esa convicción de que el destino personal estaba atado al destino colectivo.

El tránsito de sus vidas hacia afuera del hogar fue un acto de entrega generosa. Sus pasos las llevaron a los márgenes de Santiago, donde el encuentro con pobladoras y pobladores le dio a su existencia un destello distinto, una vinculación humana que iba más allá de la teoría política. En esos barrios de barro y esperanza, Mai y sus hermanas entregaron lo mejor de sí mismas, nutriéndose de un intercambio de experiencias que las condujo por un camino certero de emociones compartidas. Aquello que aprendían en la calle, en el trabajo voluntario y en la organización popular, cuajaba a plenitud cuando se encontraban de nuevo bajo el mismo techo y compartían experiencia; allí, las vivencias de cada una sincronizaban en una armonía que nunca era perfecta, siempre había algo nuevo que mejorar, fortaleciendo un compromiso que no buscaba el aplauso ni el cargo, sino la contribución anónima al gran movimiento de cambios que sacudía la tierra.

En ese torbellino de historia, María Teresa se erigía como el baluarte de la esperanza. Si el país vivía momentos de tensión y desafío, ella era el faro que guiaba el ánimo familiar, esa presencia luminosa que, con una paciencia artesana, bordaba de optimismo cada amanecer. Su liderazgo no venía de la imposición, sino de esa capacidad casi mágica de convertir la convicción política en un acto de amor cotidiano, asegurando que, a pesar de las nubes que comenzaban a asomar en el horizonte, la alegría de luchar por lo justo fuera siempre el norte de sus vidas. Mai no solo vivía la historia; la tejía con la delicadeza de quien sabe que el futuro se construye con la voluntad del presente.

Su formación en la Escuela de Arte y Diseño de la Universidad de Chile en los años 60 definió su mirada: una izquierda artística y social, arraigada en el compromiso popular, pero sin las ataduras de una militancia orgánica. Desde sus primeros trabajos reproduciendo los afiches de Pedro Lobos, Mai entendió que la estética debía estar al servicio de la justicia.

A comienzos de 1974, Antofagasta no era solo un punto en el mapa del desierto; era, para María Teresa Uribe Tamblay, la geografía de una promesa. Tras abandonar el trajín asfixiante de Santiago, el norte se alzaba como un refugio de luz donde la realización personal y académica parecía posible. Se instaló en el hogar de un tío, una casa que se transformó en el epicentro de un proyecto de vida compartido con su esposo Miguel y su hermana Mónica (2). Mientras ellos se preparaban para los desafíos universitarios, María Teresa abrazaba con pasión su vocación docente en el área de Diseño de la Universidad del Norte. En aquel recinto, entre planos, bocetos y el entusiasmo de las aulas, el tiempo parecía blindado frente a la fractura de un país que dentro y fuera de los muros académicos, había comenzado a desangrarse tras el golpe de estado.

La quietud del desierto era un espejismo peligroso. Bajo la superficie de esa normalidad aparente, Antofagasta se había convertido en un laboratorio de crueldad, donde grupos policiales y militares operaban con una impunidad aceitada en recintos como la Intendencia, Cerro Moreno, el cuartel de investigaciones de calle Maipú o el grupo de instrucción en calle Matta, la tercera comisaría de calle San Martin o en el ex internado Bernardo Morin de la divina providencia, En cada uno de estos lugares habían oficiales y suboficiales locales transformados en aprendices del siniestro oficio del terrorismo de Estado, sujetos que regresaban al norte en el transcurso de 1974 con manuales de instrucción de la DINA, para ensayar una tecnología del horror que buscaba el exterminio de la persona antes de tocar su cuerpo.

El eclipse terminó por devorar el sol del norte en Julio de 1974, una semana después de que en Santiago su hermana Bárbara (3) y su cuñado Edwin (4) fueran secuestrados por la DINA, hecho que fue abriendo posteriormente en la vida de María Teresa un paréntesis de angustia que jamás volvería a cerrarse. La violencia golpeó la puerta de María Teresa con una infamia diseñada para despojarla de toda dignidad humana. Fue detenida y conducida por agentes de civiles al Cuartel de Investigaciones, luego de ser sometida a violentos interrogatorios con insultos y amenazas fue trasladada a la Cárcel del Buen Pastor de Antofagasta. La convirtieron en rehén de una infamia orquestada, arrojándola a este lugar bajo el estigma de "prostituta" o "amante de alto dirigente en la clandestinidad" para devorar la honra de quien, hasta ese momento, solo había conocido el lenguaje de la creación y la docencia.

Sin embargo, la entereza de María Teresa resplandeció incluso en el barro del encierro; su porte y su mirada íntegra desmantelaban la infamia ante los ojos de la propia Madre Superiora, quien se negó a validar los insultos impuestos por los captores. En la soledad de su celda, resistió el asedio de falsos religiosos que, bajo el velo del engaño, buscaban su claudicación a cambio de una supuesta libertad. Blindada por la certeza de que su hermana menor quedaba al fin bajo manos protectoras, María Teresa recibió la noticia de su traslado a Santiago con una serenidad inquebrantable; se preparó para enfrentar el vuelo de la infamia.

El traslado a Santiago no fue una operación secreta, sino una exhibición pública de escarnio y amedrentamiento. Ante la mirada atónita de pasajeros civiles en el aeropuerto de Cerro Moreno, fue subida a un avión comercial, esposada y custodiada como si su presencia fuera una amenaza para la estabilidad del país. Al aterrizar en Los Cerrillos, la entrega a la DINA fue inmediata. Manos como las de Miguel Krassnoff Martchenko y Osvaldo Romo la recibieron en la pista para sellar sus ojos con cinta y hundirla en el silencio de la venda.

El destino final fue Londres 38, el recinto secreto donde las paredes aún guardan el eco de un horror que la palabra no alcanza a nombrar. Allí, intentaron arrebatarle hasta su nombre, ordenándole responder al seudónimo de su hermana menor, "Antonia", quien se encontraba oculta; un juego perverso de tortura psicológica destinado a quebrar sus vínculos más profundos. Pero María Teresa no respondió. Cada silencio suyo, cada negativa a reconocer la mentira, fue una victoria ética frentes a los golpes y vejaciones de verdugos como Basclay Zapata.

En el entrepiso de aquel cuartel de exterminio, el dolor físico se fundió con el desgarro de su entereza. Fue sometida a aplicaciones de corriente y quemaduras mientras escuchaba las perversiones verbales de Moren Brito, un asesino que buscaba su demolición total inyectándole el veneno de que su familia había sido exterminada, pretendiendo que el dolor de su temple superara a su resistencia física. Uno de los momentos más cruentos fue el careo con su cuñado, Edwin Van Yurick, a quien alcanzó a divisar en un estado deplorable a través de la rendija de la venda, comprendiendo en ese instante que su hermana Bárbara también estaba en manos de asesinos y torturadores, individuos de mentes enfermas que operaban bajo el amparo de la impunidad absoluta de chacales que hoy invocan la piedad por su avanzada edad, olvidando que sus crímenes no caducan. Frente a su cínico pedido de clemencia, se alza la memoria inquebrantable de Mai y la exigencia de que el encierro sea perpetuo, pues quien actuó como bestia no puede pretender morir en libertad.

La tortura intentó demoler su espíritu, pero Mai emergió de las tinieblas con una valentía silenciosa. Al término de su detención, cuando fue lanzada a la calle, quedó de manifiesto que había sido capturada no por lo que hacía, sino por lo que era: el pilar que se negaba a quebrarse. El 28 de agosto de 1974, al reencontrarse con sus hermanas en el Comité Pro Paz poco antes de partir al exilio, no hubo lágrimas de derrota, sino un abrazo protector que ocultaba las heridas del cuerpo para no quebrar el espíritu de las que se quedaban. En Mendoza, como refugiada, siguió siendo la hermana-madre interponiendo su cuerpo como un escudo contra las sombras que el cruce de la cordillera no había logrado dejar atrás. guardando para sí el secreto atroz de lo sufrido en aquellos pozos de la infamia para no contaminar la esperanza ni el ímpetu de la resistencia. Su vida fue un largo peregrinaje de coraje; enfrentó una nueva dictadura en Argentina, sufrió dos detenciones más y, finalmente, en octubre de 1976, junto a su esposo Miguel, logró volar hacia la nieve y el aislamiento de Edmonton, Canadá . Su hermana Viviana (5) tambien se vió afectada por los embates de la represión y el repliegue por varios años fuera del país. Fue parte activa de la operación retorno que se inició a partir de 1978.

Allí, lejos del sol del norte chileno, Mai reconstruyó su mundo desde la dignidad. Trabajó en organismos de derechos humanos, alcanzó puestos de jefatura y, tras años de lucha contra las secuelas físicas que la tortura imprimió en su cuerpo, logró el milagro de la maternidad. Su familia fue su victoria definitiva sobre la muerte y sobre el silencio sistemático que pretendió, sin éxito, convertir su nombre en una ausencia permanente.

Mai Presente siempre.

(1) María Teresa Uribe Tamblay (2) Monica Uribe Tamblay (3) Bárbara Uribe Tamblay ( Detenida Desaparecida) (4) Edwin van Yurick ( Detenido Desaparecido) (5) Viviana Uribe Tamblay

derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay
derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay
derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay

Galería

Hermanas en primer plano dia del matrimonio
Casamiento de Bárbara y Edwin
MIA (María Teresa Uribe Tamblay)
derechos humanos, ddhh, chile, María Teresa Uribe Tamblay
Subir